|
|||
| Esencialidad de Fokin |
|
Bailarín y coreógrafo ruso, cuyo trabajo revitalizó el ballet clásico tradicional e inauguró una nueva era de brillantez en la historia de la danza. Mijaíl Fokin nació en San Petersburgo el 26 de abril de 1880. Estudió en la escuela del Ballet Imperial y en 1898 ingresó en él con el rango de solista. Su insatisfacción hacia el hecho de que la música fuera un mero acompañamiento, los vestuarios y decorados guardaran poca relación con el argumento y la danza fuera un ejercicio técnico, le llevó a desarrollar una filosofía de reforma. Creía que el ballet, en lugar de confinarse en los pasos y movimientos tradicionales, debería aspirar a que éstos reflejaran el argumento, la época y la música. Para él, la danza y la mímica sólo tenían significado cuando eran dramáticamente expresivos. Fokin también pensaba que los movimientos con todo el cuerpo deberían suplir a los gestos de manos tradicionales a no ser que el estilo del ballet lo requiriera. La expresión dramática no debería estar reservada a los bailarines solistas sino que debería verse reflejada en todo el conjunto. Según su visión, la danza, la música, el decorado escénico y el vestuario debían contribuir a crear un todo unificado. Entre sus primeros trabajos estaban Chopiniana (1903; revisada como Las sílfides, 1909); La muerte del cisne (1905), variación para la bailarina rusa Anna Pavlova, y Le Pavillon d'Armide (1907). En 1909, en París, Fokin fue invitado por Sergei Diáguilev a convertirse en coreógrafo de sus Ballets Rusos. De este modo, tuvo la oportunidad de desarrollar sus propias ideas, y el empresario ruso contrató a los más grandes compositores, bailarines y diseñadores de la época para que trabajaran con él. Se puede citar entre los bailarines a los rusos Anna Pavlova, Vaslav Nijinski y Tamara Karsavina; y entre los diseñadores, a los rusos Leon Bakst y Alexandre Benois. El compositor de origen ruso Ígor Stravinski escribió para Fokin la música de los ballets El pájaro de fuego (1910) y Petrushka (1911); la partitura de Dafnis y Cloe (1912) era del compositor francés Maurice Ravel. Otros ballets creados por él para los Ballets Rusos fueron Sheherazade (1910), El espectro de la rosa (1911) y El gallo de oro (1914). Rompió con Diáguilev en 1914 y regresó a Rusia donde permaneció hasta 1918. En 1919 se estableció en Nueva York como coreógrafo y maestro. Murió el 22 de agosto de 1942 en esa misma ciudad. Es siempre edificante acercarse a la literatura coreográfica de Mijail Fokin , tanto como a sus escritos. En sus memorias y en sus cuadernos de trabajo insistió mucho en el deber ético del coreógrafo de generar nuevas formas que pusieran en juego la tradición con el arte nuevo. Balanchine también, quizás su heredero principal en la columna fundacional de lo mejor del siglo XX y del ballet moderno universal, reconocía que Fokin sentó bases de cambio e interpretación de la tradición que se prolongan hasta el infinito. Es así que el repertorio que nos legó Fokin se ve ya como un clásico en toda regla, pero con los resortes estéticos de su filosofía del trabajo. En Chopiniana destacó la bailarina que se encargó del pas de deux y de la segunda mazurca. Ella fue lo mejor de la noche, delineada, de dibujo gentil y una musicalidad encantadora, pero su nombre no estaba en el papel impreso (vimos que era rubia y su peinado, el único que respondía al correcto). Los diseños ciertamente conservadores de Vladimir Arefiev se atienen a la tradición de Benois y dan esa atmósfera que quería Fokin, donde el romanticismo balletístico es una cita culterana y no un fin. Pensemos que Fokin acuñó el término neorromanticismo para cifrar esta obra, que él mismo retocó y pulió hasta poco antes de morir, consciente acaso de que tenía entre manos una obra maestra y eterna, su primer gran ballet abstracto y que tiene continuidad relativa en Eros, hoy lamentablemente olvidado. El programa se completa con Bolero en una versión que creara Nikolai Androsov para Maia Plisetskaia y Gediminas Tarandá. Naturalmente, eran otros tiempos y era otra cosa verlos a ellos, con sus personalidades, su impronta y sentido teatral. Fuente: El País |











