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Lunes 19 de Julio de 2010 08:13    Imprimir Correo electrónico
VICENTE NEBRADA
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Vicente Nebrada 2
Un legado que hace historia
Por Carlos Paolillo (Venezuela)

Artista con arraigos en Venezuela y América latina, a los que legó un valioso patrimonio coreográfico. Representa el punto de partida y la cima de la creación coreográfica profesional del ballet local.

Vicente Nebrada y la danza conformaron un binomio inseparable. Su visión universal del arte lo hizo un creador sin fronteras. No obstante, fue un artista con arraigos en Venezuela y América latina, a los que legó un valioso patrimonio coreográfico. A cinco años de su muerte, es pertinente volver sobre su vida y su obra.

Nebrada representa el punto de partida y la cima más alta de la creación coreográfica profesional del ballet en Venezuela. Su nombre figura entre los estelares del ámbito latinoamericano y su repercusión internacional es notable: más de 30 compañías en el mundo poseen sus obras dentro de su repertorio.

El llamado “estilo Nebrada” puede ya considerarse mucho más que una etiqueta convencional. En él se sintetizan las que fueron las indagaciones conceptuales y estéticas más importantes de este creador dentro del ballet neoclásico, que lo llevaron a ahondar en el movimiento corporal expresivo de una manera verdaderamente particular.

Musical se denomina a este estilo, queriendo enfatizar en la relación movimiento-música, que no es de supremacía, complemento o dependencia, sino de compenetración plena y efectiva. También, plástico, por su aspecto formal, recalcando en los matices y las texturas perceptibles en sus frases coreográficas, autónomas, aunque sutil y magistralmente ligadas a una suerte de trazos pictóricos dispuestos en un espacio escénico casi ilimitado. Finalmente, libre, por sus movimientos fluidos y desprejuiciados, principalmente del torso, brazos y cabeza, ajenos al excesivo rigor y en busca de un sublimado lirismo en algunos casos o de una necesaria organicidad, en otros.

Tal vez en cuatro grandes grupos podría dividirse la obra coreográfica de Vicente Nebrada. Primero, el conjunto de piezas vinculadas con los ideales de la invocada identidad cultural latinoamericana, representadas en las coreografías “La luna y los hijos de tenía” (1975), suerte de reinterpretación escénica sobre el mestizaje continental; “Nuestros Valses” (1976) y “Una danza para ti” (1980), en las que la música, en este caso valses venezolanos del siglo XIX, constituye la clave que remite a un contexto geográfico, social y cultural, determinado, aunque con clara validez y proyección en cualquier ámbito.

Luego, se encuentran las obras creadas dentro de los parámetros y a partir de los códigos compartidos por la danza escénica como manifestación de arte universal. “Lento, a tempo e Apassionato” (1978) y “Géminis” (1970), la exaltación estética de las relaciones humanas entre dos, románticas, existenciales o meramente abstractas y la apoteosis del arte del pas de deux, proverbial en Nebrada, llevado a extremos de intensidad emocional, goce artístico y dificultad física. También “Percusión para seis hombres” (1969), planteamiento abstracto de movimiento a partir de las particularidades sugeridas por distintos instrumentos de percusión y la energía emanada del cuerpo masculino; “Pentimento” (1983) y “Doble Corchea” (1984), la plasticidad y musicalidad del movimiento al servicio de la coreografía como brillante y fastuoso espectáculo escénico.

Finalmente, la revisión para el público contemporáneo de los argumentos y la estética del ballet clásico y de obras fundamentales del siglo XX, constituye una tentación que Nebrada no evadió. Sus versiones de “Pájaro de Fuego” (1982) y “Romeo y Julieta” (1986), ofrecen aportaciones ciertas en lo coreográfico, aunque desde una óptica más conservadora que renovadora; mientras que sus versiones de “El Lago de los Cisnes” (1982), “Coppelia” (1987), “Don Quijote” (1992) y “El cascanueces” (1996), representan más que códigos de ruptura con la tradición, puestas en escena de nivel superior.

El último proyecto artístico en el que trabajó Vicente Nebrada fue su versión inconclusa de “La bella durmiente del bosque”, a partir del clásico de Petipa-Tchaikovsky, a fin de completar su aportación a la trilogía fundamental de la danza clásica occidental. También por momentos imaginaba una nueva obra neoclásica sobre una partitura de Mahler, que no pudo concretar.



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